Roma, 18 de julio de 2006. Con los pies clavados en el suelo, erguido, doy la espalda a la Fontana de Trevi. Miro con detenemiento la moneda que decora la palma de mi mano. Y, mientras busco las palabras exactas para expresar mi deseo -no quería dejar nada a la suerte de la semántica- dos imágenes abordan mi memoria. Por un lado mi madre, que años atrás había estado en el mismo sitio que yo. Al volver a casa de su viaje por Italia nos contó que había tirado una moneda a la fuente por cada uno de los tres hermanos. A mi me hubiera gustado tener la cartera repleta de oportunidades, pero mi aventura italiana era mucho más austera… Por otro lado, recordé las últimas palabras que escuché a Celia antes de partir de viaje. “Nacho, se nos va a pasar el arroz”. Éstos dos hablaban del segundo examen de las oposiciones a las que él se iba a enfrentar en pocos días. Un aprobado sería la ‘excusa’ perfecta para dar un paso más en su relación.
El caso es que influenciado por mi madre y su generosidad, por Nacho y Celia y sus esperanzas, y por todos esos malditos libros y películas que nos enseñan a ser buenos y a pedir deseos que beneficien a los demás, para que el mundo sea mejor, más bonito, amigable, divertido… decidí olvidarme de conocer en persona Scarlet, pasear con Keira por el Támesis o de hacer que Jano – mi perro, que lamenta no haber podido venir… no le gustan las masificaciones- aprendiera más palabras, que a veces no hay quien le entienda. Total, apreté el puño, cerré los ojos, y lancé con todas mis fuerzas la moneda: “que Nacho apruebe esas oposiciones y que a Celia no se le pase el arroz”.
Esa misma noche, mi hermano Javi me cuenta por teléfono: “Ha sido un completo desastre. Suspende fijo”. Me sentí como un completo iluso. Nada más colgar el teléfono, abrí la libreta donde reflejaba cada noche las experiencias del día y escribí: “No hay distancia suficiente para perder el amargor”… Sí, es cierto que aquella noche cenamos un sándwich de atún rancio, pero ustedes entienden por donde voy.
21 de julio de 2006. La expedición italiana hace noche en la estación de tren de Siena. Unas vistas estupendas. Apoyado sobre la mochila marco el teléfono de casa y me pongo a hablar con mis padres: “Hola mamá, sí estoy bien, Italia es preciosa, los italianos son tontos, hemos robado un queso -de lo que estamos totalmente arrepentidos-…” En fin, imbuido en una amena conversación, oigo a Nacho, recién llegado a la habitación, pronunciar un discurso de fondo: “¡Bueno, pues he aprobado!” “¡Ole tus.. redaños!”, decía mi padre. Yo, a tropecientos kilómetros de distancia, no hacía más que preguntar: ¿Qué ha pasado?,, ¿aprobó?… “Sí hijo -respondió mi madre al fin-, para toda la vida”.
Supongo que la pregunta ahora es, ¿y por qué este tipo de orejas singulares y belleza sin par nos ha contado esta historia? Pues porque esta historia va de eso: de magia. De fe. De creer que somos capaces de todo, sin obstáculos imposibles. Lo fue así desde el principio. Y así lo he percibido siempre. Nacho y Celia no son normales. Son distintos. Son dos gotas de agua que a contracorriente, perfectamente distinguibles. Desde que empezaron a salir no han dejado de crear, de implicarse en la vida del otro, de ser detallistas, de apasionarse por cada proyecto que nacía. (Y han sido muchos)
Hace poco hablábamos sobre cómo vemos a Nacho y Celia. Unos decían que eran el complemento ideal. Otros que eran nuestros Marshall y Lily. Algunos, más poéticos, subrayaban la envidia de saber que ellos han encontrado pronto lo que muchos tardan varias vidas en descubrir. Pero todos, sin excepción, les definían como una pareja perfecta escudándose en una misma palabra: Son dos pedazos de Fenomales, Fabulosos, Fantásticos, Fantasiosos, raros. Y nunca raro fue una palabra tan envidiada: auténticos, seguros, confiados, originales…
En fin, magia. Magia. Magia porque tenéis la facilidad de hacernos vibrar ilusionados, de enternecernos, de hacernos reir y de darnos la oportunidad de creer que todo es posible. Tanto, que si algún día váis de viaje a Italia… y tenéis una moneda a mano….. acordaros de mi y de Scarlet…
Mientras tanto, reciban todos una calurosa bienvenida a esta celebración y, a vosotros dos, nuestra más sincera y calurosa enhorabuena. Así decimos todos.